María elevada al Cielo nos indica la meta última de nuestra peregrinación terrena. Nos recuerda que todo nuestro ser —espíritu, alma y cuerpo— está destinado a la plenitud de la vida; que quien vive y muere en el amor de Dios y del prójimo será transfigurado a imagen del cuerpo glorioso de Cristo resucitado; que el Señor humilla a los soberbios y enaltece a los humildes (cf. Lc 1, 51-52). La Virgen proclama esto eternamente con el misterio de su Asunción. ¡Que tú seas siempre alabada, oh Virgen María! Ruega al Señor por nosotros.
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